martes 8 de enero de 2008

Repuestos


Do’ precap de dodsh milquinientos, un fuelle de la derecha, un brazo de picman de for falcon y un bacner positivo. Llego a la casa de repuestos con la listita en la mano y se lo doy a Marcelo. Me dan una listita, porque por más que trate, nunca sé de qué se tratan esas autopartes, nunca sé decir bien los nombres. Mi viejo me lo explica una y otra vez, pero de tres, al menos una vuelvo a cambiar algo que traje mal. Saludo primero al Viejo, al dueño, al primer dueño de la casa de Repuestos -que ahora no te atiende al público porque no conoce las partes de los autos nuevos-, después a Marcelo; y tirando la manito para arriba, al hijo dueño, el dueño, un jovencito de cuarenta y tantos años con mal de parquinson que está en el fondo cerca del aire condicionado, con los ojitos girando y girando de placer.

El tema del día es el calor, y de calor le hablo al Viejo, al Viejo que es un inútil porque no puede atenderte y anda perfumando sabiduría cariñosa a todos los mecánicos que entran negros de grasa: entonces el inútil este, el que además da consejos, está sentado con los brazos cruzados sobre un banquito alto, el pilar, el altar del primer dueño. Hola viejo choto, cómo estás, pienso, en parte vos y yo, Viejo, somos muy parecidos. Somos dos inútiles, sólo que vos no estás muy convencido de eso. Qué lindo que podamos ser amigos y que podamos hablar del clima; hasta siento que nos acostamos en la misma cama cuando hablamos de lo difícil que fue dormir ayer a la noche. El Viejo se manda por un pasillo, entre estante y estante, para el fondo y el fondo desaparece.

Después de un rato pasa así: Viejo camina adelante con Marcelo atrás e hijo del dueño, el dueño, mira con ojos congelados y jetita furiosa de patrón bravo: Marcelo viene por atrás del Viejo haciendo chistes mudos, o sea, gestos, imitando al viejo caminando. ¡Plam, plam, plam! los pasitos de Mimoviejo... Camina el Viejo como una nube y Marcelo atrás se resbala en el piso como un mazacote de harina, agua y bosta. Me río, me río hasta que se escucha un grito.

Marcelo es un poco idiota, lo sé. También hay veces que tengo que volver tres veces el mismo día para cambiar un repuesto porque se equivocó. Como me pasó una vez con un Twingo; la dueña del Twingo se enojó conmigo y yo nada que ver. Era Marcelo ahora. Otra cosa de Marcelo es que es de Santos Lugares. Se va y viene en una Zanella a Santos Lugares, y una vez me contó algo del ombú de Rosas. Yo nunca me bajé en la estación de Santos Lugares -sí con el 123. Otra cosa es que es gordito, tirando a buen estudiante; y lo peor de todo, es que una vez contó algo de Charly Garcia, algo de una vez en que lo fue a ver y el tipo no vino. La gente que estaba en la casa de Repuestos se empezó a cagar de risa, no porque no entendían lo que era el rock –todos saben bailar rock, todos escucharon Creedence-, sino porque Marcelo dijo “Aguante” “Aguante”, después de decir “no vino, no se presentó”. Todos los que escuchan Charly Garcia me deprimen. Además de deprimirme, me caen mal, así, de una. Si yo estoy tratando bien a alguien que escucha a Charly, es porque estoy siendo amable a pesar de que no me sienta cómodo, que es lo mismo que decir que estoy siendo hipócrita. Creo que hay una o dos excepciones a esta regla. Una.

Otra cosa que lo hace idiota a Marcelo es que siempre quiera hacer malabares con los repuestos, malabares o payasadas, y que la gente siempre se ría de él, que le pregunten qué se desayunó a la mañana, o si de pendejo la madre lo había reboleado contra la pared. Siempre, siempre y siempre por esas pelotudeces se come alguna.


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